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Calentando a su novia

Relatos Gratis -- Miercoles, 3 de Julio

Calentando a su novia

Por distintas circunstancias no habían podido dedicar ni un solo minuto a sus necesidades de pareja en los últimos siete largos días. Ambos se desesperaban con estos episodios de sequía aunque él, dado el caso, sabía gestionar con ingenio las necesidades de su chica.

Dejó sobre el lavabo la cuchilla con la que se había afeitado muy temprano y, a su lado, el after shave con el tapón abierto para inundar el cuarto de baño de su masculina fragancia. A media mañana envió un mensaje al móvil de su chica con un mensaje explicito: diversión y sexo. “Esta noche he dormido maravillosamente. Soñé que estábamos de crucero y que nos comíamos a besos en la cubierta del barco. Dicho sea de paso, ni te imaginas la erección con la que me ha descubierto el despertador… Tq guapa”.

Una hora más tarde envió, con estudiada intención, un segundo mensaje exponiendo su desorden hormonal y la predisposición al sexo. “Voy conduciendo por la carretera de la costa y he detenido el coche para estirar las piernas. Lo curioso es que he visto, en una pequeña cala y a pocos metros de la orilla, a una pareja haciendo el amor sobre la toalla. He vuelto al coche, por supuesto, aunque debí preguntarles, antes de marcharme, si necesitaban que les echase una mano. A ella le hubiese encantado. Hoy estoy en condiciones optimas para hacer todo tipo de travesuras“.

No obtuvo respuesta. Sus circunstancias laborales le impedían contestar. Pero sabía que cada palabra subía un grado la temperatura de la entrepierna de su chica.

Finalmente compró un Rioja y se metió en los servicios del supermercado. Se bajó los pantalones y se masturbó para endurecer el pene. Una vez conseguido el tamaño óptimo acercó la botella y se tomó una foto con el móvil. “Esta noche la cena será completa”.

No había terminado de subirse los vaqueros cuando la vibración del teléfono le dibujó una sonrisa en la cara y acentuó la dureza de su miembro. “Me tienes desesperada. Si sigo apretando las piernas bajo la mesa de la oficina, esta noche no necesitaré ni vino, ni novio, ni pene…”



Viejas amigas

Relatos Gratis -- Miercoles, 26 de Junio

Viejas amigas

VERO. ¿Daniela? ¿Eres tú?
DANIELA. ¿Vero?

Hacía años que no se veían. Habían compartido miles de anécdotas durante la época universitaria pero hacía mucho que sus destinos habían tomado caminos muy distintos. Una eternidad después tropezaron, como dos desconocidas, en la puerta de un gran supermercado.

VERO. ¿Qué… -a pesar del entusiasmo de las miradas, ni una ni otra sabía cómo romper la escarcha de los años- que tal estás?
DANIELA. Bien. Sorprendida de verte. Y tú… ¿qué tal estás?

Daniela era bastante más tímida que su vieja amiga. Su paso por la universidad la llevó a convertirse en profesora de educación infantil. Su paciencia, su ternura y un aspecto juvenil hacían de ella la mujer de aspecto inocente y dulce con el que enamorar fácilmente a los hombres.
Vero es empresaria. De sonrisa perfecta y traje de chaqueta ajustado. De mente retorcida y perversa como corresponde a quien se gana la vida a golpe de negocio. Hábil especialmente con los hombres

VERO. ¿Tienes… -preguntó con delicadeza- tienes unos minutos para un café? -El tiempo podía haber cambiado tantas cosas, que tomar un café no tenía por qué ser una buena idea-.
DANIELA. Claro que sí –dijo mirando el reloj-.

Señalaron a la par las mesas de una cafetería cercana y rieron al unísono por la casualidad. Se miraron extrañas. ¿Cuánto quedaba de la afinidad que las unió como uña y carne? ¿Qué cúmulo de circunstancias las habían llegado a distanciarse tanto que hoy eran, la una frente a la otra, una singular pareja de forasteras?
Tomaron asiento y se miraron tratando de reconocerse. Vero extendió la mano buscando la de su amiga.

VERO. He pensado miles de veces en ti.
DANIELA. Yo también en ti. –Extendió el brazo sobre la mesa tomando la mano de su amiga-. Pero la vida da tantas vueltas que pasan los días y… nunca encuentras el momento de llamar.
VERO. Estás guapísima –dijo sin rodeos-.

Daniela se sonrojó y bajo la mirada antes de contestar.

DANIELA. Gracias. La cara es el reflejo del alma. –Se miraron directamente a los ojos, y añadió- La vida me trata bien. ¿Y a ti?
VERO. Bueno… Ando picoteando de aquí y de allí. –Movió la pierna buscando rozar la de su amiga- Ya me conoces.
DANIELA. Ya veo que no has cambiado. -El sonrojado color de los mofletes de Daniela cambió a un rojo pastel que no paso desapercibido para Vero-.
VERO. Ya ves que no. Sigo siendo, a pesar de los años, la misma loca que conociste. Por cierto –acomodó, tras la oreja, un mechón de pelo y rozó con cariño la mejilla de su amiga- ¿has vuelto a tener experiencias lésbicas?

Tres años de universidad viviendo en el mismo piso, dio para miles de anécdotas. Compartieron ropa, comida, novios, horas de sofá, películas, palomitas, problemas y miles de noches de fiesta. Alguna de las cuales acabó, a falta de chicos, con ambas en la cama comiéndose a besos.

DANIELA. No –fue la tajante respuesta-.
VERO. Lo que no significa –pasó la mano bajo la mesa y la posó sobre el muslo de Daniela- que no lo hayas deseado.

La profesora, sin decir una sola palabra, cerró los ojos e inspiró incapaz de ocultar el placer que le causaba el atrevimiento de su amiga.

VERO. Las juventud, las travesuras y las ganas de disfrutar… –acercó la silla y subió la mano hasta la ingle- Claro que si ya tienes quien te haga pasarlo bien…

Daniela siguió sin pronunciar palabra, pero un tímido gemido evidenció el placer que le causaba recordar el contacto, bajo las sábanas de su cama, del cuerpo desnudo de su amiga.
Podían haber hablado del trabajo, de la suerte, de la vida… Del amplio abanico de posibilidades que ofrece años sin verse. No sabían nada de su presente ni de su pasado inmediato. No sabían nada de sus proyectos ni de sus familias y amigas. Habría miles de cosas que habían olvidado y podían tratar de recordar entre ambas. Podían haberlo hecho, pero fue el sexo quien impuso la ley de la necesidad que una vez frotó un cuerpo contra el otro. Fue el sexo quien anocheció el resto de los pensamientos extendiendo su manto carnal. Fue el sexo y solo el sexo el que abrió de nuevo la boca de Daniela.

DANIELA. Vivo cerca y mi marido tardará en llegar. Vamos a mi casa, quiero volver a sentirte sobre mí.

 



La camarera

Relatos Gratis -- Jueves, 20 de Junio

La camarera

Solo tuvo que hacer un gesto al portero para que este le dejase entrar sin pagar. Eran las dos de la madrugada y, como cada sábado, se tomaría una copa antes de volver a casa con su hija y las amigas.
La multitud de adolescentes saturaba la discoteca. Cada noche se preguntaba, en el largo camino hasta la barra, si respetaban el aforo permitido.
Levantó el índice de la mano derecha señalando la botella de DYC 8 años. La atractiva camarera guiñó dándose por enterada. “Cortito”. El volumen de la música era ensordecedor y exageró el movimiento de labios para hacerse entender mientras hacía con las manos el movimiento del volante.
Jamás habían cruzado más palabras que las imprescindibles para el trato comercial. Ella no superaba, con toda seguridad, los veintidós años. Él, con cuarenta, podía ser perfectamente su padre.
Observó la dedicación con la que preparaba el combinado. Era una niña verdaderamente atractiva. Tenía el pelo liso y rubio, y vestía, seguramente por exigencias laborales, un vestido ajustado y cortísimo con generoso escote. Él también era un hombre bastante guapo, tanto que los años maduraban su belleza pero no la estropeaban.
Puso el vaso de tubo sobre la barra y la vio inclinarse con intención de decirle algo. La correspondió acercando el oído.

  • Me gusta que me mires mientras trabajo.
  • Sintió sobre su cara, el roce aterciopelado de la piel joven y en el oído el calor de las palabras pícaras de aquella atrevida adolescente.
    En otro tiempo se hubiese ruborizado y el pulso, alocado, le hubiese jugado una mala pasada. A su edad, la miró con cariño y prudencia, y respondió con elegancia.

  • Siempre fui admirador de las muñecas de porcelana.
  • Normalmente bebía sin prisas mientras su hija y las amigas andaban, por los rincones, despidiéndose cariñosamente de los novios. A las dos y media, ni un minutos más, se encontraría con ellas en la puerta. Sin embargo, hoy los acontecimientos se habían salido ligeramente del guión. Miró hacia la pista de baile. Tal vez hubiese una mínima posibilidad de encontrar a su retoño y flexibilizar el horario. Pero en seguida devolvió la atención hacia el interior de la barra desestimando la coincidencia de verla entre tanta gente.
    Descartó la idea de tener sexo con una chica tan joven como la camarera, pero el coqueto juego de frases lo había hecho sentir especialmente bien. Cuando las miradas se encontraron, ella, con un gesto de cabeza, lo invitó a pasar al almacén.

  • ¿Tú y yo… –volvió a vocalizar con exageración y, juntando los índices de ambas manos, añadió- juntos?
  • La camarera asintió mordiéndose los labios en un gesto tan sincero como provocador.
    Se levantó del taburete y caminó en su dirección. Nada extraordinario podía pasar entre ambos. ¿Un beso tal vez? ¿Un roce?

  • Aquí me tienes obediente y a tus pies –dijo una vez que se encontraron y a solas.
  • Ella se acercó apoyándole las manos en su cintura y acercándole la boca que no lo besó por la diferencia de altura.

  • ¿Qué edad tienes?
  • El doble de los que tú puedas tener. ¿Por?
  • Me vuelven loca los hombres como tú.
  • Acababa de cogerle las manos por las muñecas poniéndoselas en la espalda. Se apoyó contra la pared y la acercó de nuevo hasta él.

  • A mí me gustan jóvenes, rubias y atrevidas. –La miró con deseo y, moviendo la cintura, frotó ordinariamente su zona genital contra la de ella- Pero no sé si tú…
  • ¿Yo? Casi no tengo experiencia, -reconoció con timidez- así que soy un libro en blanco para ti.
  • Trató de pensar con rapidez. No era aquello lo que tenía previsto que sucediese. Lo que le pareció un juego de adolescentes sin importancia, prometía, sin embargo, convertir en realidad la fantasía de todo cuarentón.
    No estaba seguro de lo que hacía, pero sin pensarlo dos veces la sentó sobre un montón de cajas de bebida. Le acarició la cara con suavidad y la besó. Le pasó las yemas de los dedos por los hombros, la espalda y la abrió de piernas para hacer coincidir de nuevo, vestidas, las zonas genitales. Le besó el cuello y acarició los pechos mientras movía la cintura para rozarse con ella. La notó temblar y la abrazó con fuerza, besándola y aumentando el ritmo de los roces.

  • ¿Qué quieres aprender del sexo?
  • Todo –dijo gimiendo, sintiéndose rodeada de por aquellos brazos fuertes- Métemela –dijo con precipitación.
  • La miró fijamente a los ojos y le acarició de nuevo los hombros, los brazos, la cintura, los pechos, la espalda y, finalmente, dirigió una de las manos hacia el culo para acercarla más a su erecto pene y, la otra, hacia la nuca, para entrelazar los dedos con el pelo rubio.

  • Las mujeres sois un cúmulo de zonas erógenas. Primera lección, puedes llegar a un orgasmo muy placentero con pequeñas caricias y delicados roces.
  • La besó otra vez con ternura, sus manos hicieron lo propio y la cadera la movió en círculos estimulándole el clítoris al otro lado de las bragas. Dos segundos más tarde, la joven camarera explotaba de placer jadeando sin aliento y con los ojos cerrados.

     



    Nuevo vecino (fragmento)

    Relatos Gratis -- Sábado, 15 de Junio

    Nuevo vecino

  • Hay un nuevo vecino viviendo en el ático del edificio.
  • Sí, lo sé.
  • ¿Lo has visto?
  • No, pero… –buscó en su mente la mentira más creíble- vi de espaldas a alguien que no conocí, y supongo que se trata de la misma persona de la que hablas.
  • Era cierto que no lo había visto, ni mucho ni poco, pero llevaba demasiados años viviendo en el mismo bloque y con los mismos vecinos como para no haber notado el llamativo perfume de hombre que desde hacía unos días flotaba en el aire que separa el portal de entrada, de la puerta de su casa.

  • ¿Lo has visto tú?
  • Sí, de hecho acabo de subir con él en el ascensor.
  • ¿Banquero como el último?
  • En realidad no tenía ningún interés en saber si se dedicaba a las finanzas, la última pregunta la hizo con la intención de sacar un poco más de información sobre el misterioso vecino.

  • No creo, se trata de un chico joven y alto. Parece estudiante y –tras un instante añadió- y creo que tiene cara de bobo.
  • Cariño –resolvió, sin ánimo de contradecir a mi marido- estudiante y bobo, son cosas incompatibles. ¿A caso no te saludó?
  • Sí, sí que lo hizo. De hecho se presentó dándome la mano. Me dijo algo de deportes… No sé. Seguro que es uno de esos –dijo con un claro desprecio en el semblante- que se dedican a tomar pastillas en los gimnasios.   
  • “Joven, deportista, educado… ¿Por qué será que cuanto más atractivo parecía ser, más se enconaba el tono de voz de su marido? –Reflexionó- La belleza tiene estas cosas, se magnifica por el sexo contrario y se desestima por el propio”.

  • Vuelvo en seguida, he olvidado unas bolsas en el coche.
  • Entró en el ascensor, presionó el botón y, en cuanto se puso en marcha, cerró los ojos e inspiró profundamente. Era un olor dulce, divertido, fresco y masculino. Era… ¿cómo se definen los olores? Era algo inexplicable que los maridos, desde luego, no saben entender.
    Volvió a inspirar saciando sus alveolos pulmonares de aquella sutil necesidad femenina e intentó imaginar al nuevo vecino del ático. “¿Cara de bobo?, -se preguntó en voz alta recordando las palabras de su esposo, a las que ella misma respondió con seguridad- Pues yo creo… –sintió cómo, desde las fosas nasales, una sensación agradable se le extendía por el cuerpo y le ponía la piel de gallina- yo creo que se trata un tipo bastante guapo.
    ……………
    La vuelta a casa del marido coincidía con el horario del nuevo vecino y, a diario, compartían los segundos de llamar y subir hasta sus respectivas plantas. Él, como hombre, no sabía cuantificar el grado de atractivo del deportista pero era consciente de que se trataba de una belleza singular.

  • ¿Qué tal guaperas? –aquel joven podía ser su hijo, y se dirigió a él con tono paternal- ¿cómo va la cosa?
  • Bien, –comentó con franqueza- esta ciudad me está tratando bien.
  • Me dijiste que trabajabas en un gimnasio, ¿verdad?
  • Me gano la vida compaginando varias actividades. Soy modelo de pasarela, trabajo en un gimnasio y, los fines de semana, pongo copas en una discoteca.
  • Un hombre ocupado, excelente. ¿Y de chicas qué?, ¿hay algo?
  • No respondió, pero la expresión de su cara pareció decir “a pares”.

  • Si necesitas algo… -el ascensor se detuvo en su planta y salió manteniendo la puerta abierta- mi mujer y yo estamos a tú disposición.
  • Muchas gracias. De momento no tengo muchos amigos, así que le agradezco que me tienda la mano tal cordialmente.
  • Entró en su casa y soltó las llaves en la entradita. Sonaba música de fondo y, preparando el almuerzo, encontró a su esposa a la que dedicó un guiñó y lanzó un beso desde el quicio de la entrada, “voy a darme una ducha”. Anduvo hasta el cuarto de baño y, aun con la imagen del nuevo vecino en la retina, imaginó lo excitante que debía de ser para una mujer casada tener una aventura con un chico tan joven y guapo. Cerró la puerta y empezó a desnudarse. Hacía tiempo que las relaciones sexuales no eran las mismas. Ambos superaban los cuarenta años y la monotonía, como parte implícita de la edad, se había adueñado incluso de su actividad amorosa. Necesitaban un cambio de aires y el guaperas del ático era una opción bastante interesante.
    Estaba excitado y el pene le colgaba con signos de ello. Se miró al espejo incrédulo pero convencido. La infidelidad de su mujer no solo no le molestaba, sino que imaginarlo le produjo una erección como hacía tiempo que no tenía. Abrió el agua de la bañera y empezó a masturbarse. Podía pagar al chico para que todo pareciese casual. Él estaría escondido en casa observando cómo la seducía, acariciándola y besándola. Y tan pronto como los imaginó tumbados en el sofá, ella debajo y él encima penetrándola con juventud, sintió una euforia en los testículos que lo hizo eyacular jadeando de placer.



    En la playa

    Relatos Gratis -- Domingo, 9 de Junio

    En la playa

          Era una perfecta tarde de playa. El sol brillaba mas amarillo que otros días y el mar, azul y en calma, invitaba a chapotear en la orilla. De izquierda a derecha, éramos tres sobre la arena; Julia, su novio y yo.
    Hablamos, para aburrimiento de Hugo, de cosas de chicas. Que si este modelo y aquel tacón, que si trucos de maquillaje para acentuar la sombra de ojos… y otros muchos argumentos de belleza que hubiesen marchitado el interés del más atrevido. Hugo, sin embargo, espontáneo y divertido, siempre encontraba una manera ingeniosa de intervenir y de hacernos sonreír. Sin embargo, las pocas palabras que articuló en toda la tarde me hicieron entender que debían de estar enfadados. De hecho, con un simple “que calor”, se levantó y corrió hacia la playa para darse un chapuzón.
    - Os he notado distantes. Estáis peleados, ¿verdad? –pregunté en cuanto nos quedamos solas-.
    - Sí…
    Bajó la cabeza pensativa y dudé si insistir en mi pregunta. A pesar de lo cual añadí:
    - ¿Es algo serio?
    - No. -Contestó de nuevo con la misma parquedad de palabra y los ojos clavados en su novio-.
    Decidí entonces desistir y busqué también entre los cientos de bañistas la figura de Hugo.
    - Soy demasiado orgullosa y algunas veces… –la voz de mi amiga sonó cargada de tristeza- algunas veces pienso que no lo merezco.
    - No digas eso mujer. Para combatir un ataque de orgullo, nada como un poco de humildad. Cuando vuelva, dile que lo sientes y dale un beso cargado de cariño.
    Resopló, seguramente consciente de la dificultad de su cambio de actitud, y la noté cerrar los ojos haciendo examen de conciencia.
    Miramos de nuevo hacia la playa y lo vimos salir del agua atrayendo, además de las nuestras, las miradas de otras tantas chicas. Desde luego Hugo es ese tipo de hombre por el que, con tal de estar a su lado, una mujer sería capaz de cambiar hasta de peinado.
    Eché un rápido y discreto vistazo a sus definidos pectorales y los fuertes brazos de chico de gimnasio, y parpadeé antes de que mis pupilas bajasen más de lo debido.
    - ¿Qué –pregunté en cuanto llegó hasta nosotras- fresquita?
    - No mucho –respondió con un escaso comentario. Y se tumbó boca arriba en la toalla tapándose la cara con su camiseta-.
    Miré a mi amiga y con un ademán de la cabeza, la animé a tomar las riendas y afrontar el problema sin más dilación.
    La vi apoyar la mano en los abdominales y acercar la boca hasta su oído. No sé qué le dijo. Ni siquiera pude interpretar el susurro que llegó hasta el mío pero me hubiese gustado saberlo. Como si de un sortilegio se tratase, el ajustado bañador de Hugo empezó a elevarse poniendo a prueba la elasticidad del tejido. Avergonzada, me puse las gafas de sol y miré hacia otro lado. Hundí los pies bajo la arena y alisé la toalla. Canturreé una música inventada y mantuve la cabeza en dirección contraria a la de la cariñosa parejita. Pero con el rabillo del ojo observé como la mano de Julia se colaba por debajo del bañador atrapando entre sus dedos la voluminosa erección de su novio.
    Se me aceleró el pulso, conté hasta tres y miré con descaro. A veces las cosas suceden tan cerca que… tuve la certeza de que si metía la mía, también sería bienvenida bajo el bañador.
    Me mordí los labios y apreté las rodillas. Me quité las gafas y miré con ardor la demostración de cariño. Amagué con la mano, o tal vez con la imaginación. Resoplé y con un rápido movimiento me puse en pié y salí corriendo hacia el agua buscando refrescar la brasa que me ardía en la boca del estómago.



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