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Con un chico rubio

Relatos Gratis -- Viernes, 16 de Agosto

Con un chico rubio

En lugar de ir a la playa cómo todas las tardes, fuimos a la piscina privada que el novio de mi amiga tiene en su casa de la colina.

La casa es espectacular y las vistas son impresionantes. El mar y el pueblo están ahí, a tus pies, tan cerca que parece que pudieras tocarlos con las manos.

No estaba solo. Cuando llegamos, junto al novio de mi amiga había un chico de aspecto escandinavo que no había visto antes. Nos lo presentó y note su dificultad con el español. Era bastante atractivo, pero pensé que la tarde de piscina y sol no daría mucho más de sí.

Me di un baño para refrescarme y me tumbé en la toalla. Mi amiga hizo lo mismo pero se tumbó en la hamaca junto a su novio. Hablamos, entre los cuatro, de la aglomeración que se produce en verano en las zonas de costa. Estábamos de acuerdo en el maravilloso aspecto que presentan las calles y comercios llenos de gente y, por otro lado, en lo insufribles que se vuelven algunas esperas por la aglomeración.

La conversación amena, el calor, los cuerpos en bañador… Observé que mi amiga correteaba con sus dedos por la piel de su novio buscando provocarlo. Ella era consciente de que la veíamos, pero esa circunstancia no solo no le preocupaba sino que, muy al contrario, es una de las cosas que más la excitan.

En principio sonreí mirándolos, por pura simpatía, pero con la idea de volverme al agua o tumbarme a tomar el sol en soledad. Sin embargo, un cosquilleo me recorrió la piel y experimente, sorprendida, lo necesitada que estaba de sexo.

Los días interminables de trabajo del verano me habían desordenado las ideas y las referencias de la última vez que tuve relaciones. Incluso la última vez que me masturbé se me habían borrado de la mente, pero debía de ser mucho a juzgar por el sofocón que sentí al ver aquellos dedos desvergonzados tonteando con lo que ya era una erección en toda regla.

Hans, así se llamaba el rubio noruego, me miró con picardía señalando hacia la piscina. Quise decir que no, pero el ardor interior me lo impidió. Aunque para suavizar mi necesidad cogí la pelota de playa que descansaba en el borde y se la lancé. Me la devolvió con una sonrisa que me terminó de fundir los plomos y, con intenciones malsanas en la mirada le dije:

  • ¿A que no me la quitas?
  • Me giré para proteger mi posesión y, además de sus brazos rodeándome, lo que noté en aquel primer contacto fue un bulto que me obligó a mirarlo con sorpresa y entusiasmo, y balbuceé:

  • Si esto es lo que parece… me caso contigo.
  • Volvió a sonreír con cara de no haber entendido la broma y, no lo dudé, extendí el brazo bajo el agua buscando el voluminoso instrumento y cuando lo encontré, con un comportamiento descarado que ni yo misma me hubiese reconocido, le dije casi apretando los dientes:

  • Vamos al dormitorio, que te lo voy a explicar de otra manera.


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